El 11 de marzo de 2010, fui invitado al viejo Mampuján, un pueblo fantasma en los Montes de María, Bolívar. La comunidad conmemoraba el décimo aniversario de su desplazamiento forzado por el grupo paramilitar “Héroes de los Montes de María.”
En la escuela rural abandonada — sin techo, con el piso invadido por la vegetación — encontré, en uno de los salones, un tablero y, a un lado, las vocales pintadas en la pared. Su trazo y sus colores llamaron mi atención.
Parecían desplazarse fuera del tablero: a, e, i, u — aún legibles a pesar de la humedad y el abandono… la o, desvaneciéndose.
En el segundo salón, vi un tablero escondido entre la densa vegetación, desgastado y en muy mal estado. Dudé en fotografiarlo.
Días después, al observar con cuidado la imagen, descubrí que en ese tablero silencioso emer gía una frase casi invisible: “Lo bonito es estar vivo.”
Fueron estos tableros en el pueblo fantasma de Mampuján los que nos llevaron a buscar otras escuelas abandonadas por la guerra en los Montes de María — otras memorias que podrían recuperarse antes de desvanecerse para siempre, como esa “o” en la escuela de Mampuján.
A lo largo de doce años, Fernando Grisalez y yo hemos encontrado más de 200 escuelas que, en su silencio, nos hablan de la educación como otra víctima de nuestra guerra.
14 de octubre de 2010
Barú
Cerca de Mampuján está Caño Limón, un lugar que pasa desapercibido al lado de la carretera principal a María La Baja. Allí, las Tejedoras de Mampuján1 me llevaron a conocer una escuela abandonada por la guerra.
Sin techo, de una sola aula, con las vocales desdibujadas y su tablero en silencio. Un aula muy pequeña, sin un solo pupitre. Vacía, muy vacía, si no fuera por su piso cubierto de pasto y un ternero famélico que, al vernos, se acercó al tablero… Nos miró lento y adolorido.
1 Tejedoras de Mampuján es una agrupación de mujeres que ayudan a las comunidades a superar los traumas de la violencia a través del arte y, en concreto, de la fabricación de tapices.
13 de enero de 2011
Cartagena
Ir a Santa Fe de Icotea, en los Montes de María, fue impresionante. Trochas que maltratan, huecos y más huecos. En el camino vimos algunos campesinos en sus mulas, pero allá arriba, en Santa Fe de Icotea, ni una sola vivienda. Un paisaje bello de una soledad que me impactó. Lejos, muy lejos, fuimos a pie…
La escuela de dos aulas es desgarradora. Sin techo, el monte adentro, devorándola. Las vocales en las paredes aún legibles.
Fotografié sus dos tableros, testigos del desplazamiento, lo único que queda. Sentí que a esta escuela nadie había llegado desde 2002, cuando Santa Fe de Icotea fue abandonado.
En esta escuela, la ausencia aún está presente.
6 de febrero de 2011
Carmen de Bolívar
Para llegar a la escuela abandonada de la vereda Nueva Jerusalén caminamos por la orilla de una quebrada de agua transparente y fresca. Vimos un caracolí3 majestuoso y solitario, que, inclinado, bebía agua con sus raíces protuberantes, inmensas. Nos sentamos debajo del árbol para sentir su sombra antes de ascender por un camino de tierra, estrecho y empinado.
«Por aquí subía y bajaba la guerrilla, el ejército, todos los grupos armados», nos dijo nuestro guía, Germán.
El camino, desolado, desnudo, sin árboles frondosos que nos protegieran del sol que rugía en un cielo azul y profundo.
Dos o más horas hasta llegar muy arriba, a Nueva Jerusalén. Lo primero que encontramos fue la escuela abandonada, aún con su puerta y su techo de eternit.4
Agotado, empapado de sudor, me tiré en el pasillo de la escuela… Más allá, las casas cerradas, quietas, dispersas. No había nadie.
«Después de la masacre en Las Brisas el 11 de marzo de 2000, los campesinos de aquí se desplazaron y abandonaron sus tierras», nos contó Germán. Él era de Las Brisas.
En el pasillo de la escuela, regados por el piso, encontramos algunos cuadernos infantiles. Sucios, húmedos, podridos. En uno de ellos, los girasoles de Van Gogh y su autorretrato famoso. ¡Alucinaron mis ojos! Van Gogh en estas lejanías… En las hojas muertas del cuaderno de Lucía.
Dentro de la escuela, en lo alto de una de sus paredes, nos sorprendió un dibujo humilde de lo que parecía ser esta escuela, rodeado por algunos apellidos escritos: familia Romero, familia Ávila, familia Valenzuela, familia Castro… Poco a poco se desvanecían.
«En esta escuela se celebraban las primeras comuniones y los matrimonios», nos dijo el otro guía, José. Él, de esta vereda.
La escuela, comprendimos, fue el corazón de esta vereda abandonada hace once años.
3 Árbol del anacardo
4 Material de construcción, también llamado uralita.
7 de mayo de 2011
Montes de María
Para entrar a la escuela de Chinulito había que cruzar por un monte tupido. Me detuve. Hacía un par de días, a la orilla de un camino, vimos un burro muerto con la barriga muy hinchada. Nuestro guía, Jader, nos dijo que lo había mordido una culebra.
«¿Aquí no habrá culebras?», le pregunté a Jader con algo de temor.
Enseguida sacó su machete y comenzó a abrir un camino. Lo seguí. Me llevó a la entrada de un aula ya sin puerta y sin techo. Entré solo con mi cámara.
El piso, cubierto de hojas secas, un tejido apretado de enredaderas. Su tablero, color naranja. «El tiempo lo ha ido pintando», pensé mientras me envolvía en su silencio.
Al fotografiarlo, sentí que me decía: «Cuánto tiempo te he esperado».
1 de agosto de 2011
Bayano, Bolívar
A Bayano se lo tragó el monte. Cuando llegamos no había nadie. Otro pueblo fantasma. En el 2001 fue desplazado después del asesinato de unos campesinos.
Desde Arjona a Bayano el camino fue largo, difícil, lleno de barro. Lejos, muy lejos. Llegamos en jeep.
Doña Celestina, nuestra guía, oriunda del pueblo, no encontraba la escuela.
«¿La tumbaron?», se preguntaba mientras nos adentrábamos por caminos enmontados. Hacía calor, mucho bochorno, una humedad insoportable.
La escuela, detenida en el tiempo, quieta, embalsamada en su silencio, nos esperaba.
18 de noviembre de 2011
Kilómetro 25
Estamos en la escuela del Kilómetro 25, la más cercana a la que hemos llegado. Está al borde de la carretera hacia Zambrano, en los Montes de María.
Fue abandonada por la guerra y rehabitada por la familia Mercado.
Me cuenta la señora Ana que ha vivido cuatro desplazamientos. Ella, del Alto Sinú (Córdoba). Una mujer mayor, tostada por el sol de los Montes de María. Abierta y conversadora.
En 1997 fue su primer desplazamiento. «Estuvimos un mes durmiendo en el monte, haciendo huecos en la tierra», me cuenta.
A su hijo lo amarró la guerrilla durante tres días. Lo acusaban de ser colaborador del ejército. «Soñé lo que a él le iba a pasar. No me lo mataron».
A su marido lo capturó el ejército. Lo acusaron de ser guerrillero. Durante ocho meses estuvo en la cárcel de Ternera, en Cartagena. «No le comprobaron nada, no se disculparon, no le pagaron nada. Nada de nada», me dice.
Me sorprende cómo las familias desplazadas que rehabitan estas escuelas abandonadas nos abren las puertas para fotografiar el tablero. En medio de sus humildes pertenencias, a pesar de la pobreza, en sus hogares hay una profunda dignidad.
26 de noviembre de 2011
Bogotá
¿Qué absorbí durante las cuatro horas que estuve en Las Palmas, en los Montes de María, en Bolívar?
Vi un pueblo donde solo han retornado unas ciento veinte personas. Tuvo cinco mil habitantes. Un pueblo que lucha por convertirse de nuevo en un lugar vivo.
Vi un pueblo muy adentro en los Montes de María. Un pueblo con una carretera de lodo, con una escuela de siete aulas. ¿Fueron siete aulas o muchas más? Vi dos aulas que nunca se llegaron a estrenar. La masacre lo impidió.
Vi una placa que recordaba los nombres de las personas asesinadas. Decía: «En conmemoración de los hechos ocurridos en Las Palmas». Entendí que «los hechos» es un eufemismo, que nombrar el horror les es todavía insoportable. La comunidad aún guarda un trauma colectivo.
Fotografié un tablero con una grieta de luz que lo partía en dos.
Vi su pequeña plaza, donde los paramilitares mataron a cuatro personas de la comunidad frente a los niños de la escuela. A todos los sacaron de sus clases para presenciar la matanza.
Sentí la desolación y la tristeza que deja la guerra.
24 de diciembre de 2011
Bogotá
Acabo de percibir el fantasma de la guerra. Lo sentí, me lo encontré. Es inasible, inconcreto.
Al borde de la carretera entre María La Baja y San Onofre está la escuela Si Te Gusta, hoy convertida en el hogar de una familia desplazada. Las mujeres que la habitaban, Rosa y Manuela, me contaron que cuando niñas los paramilitares entraron en la noche a su casa y, delante de ellas, mataron a su papá. Han pasado quince años.
Rosa me contó que su hija Laura, de nueve años, en la noche se despierta, llora y dice: «No me cojan. Mamá, no me deje llevar».
Cuando vi a esta niña y algo le pregunté, de inmediato se aferró como un candado a la pierna de su mamá. Empezó a llorar y a gritar: «Mamá, no me deje llevar».
21 de diciembre de 2011
Bajo Grande, Bolívar
A Bajo Grande llegamos por una trocha que se interrumpe, y entonces volteamos por los potreros7 de una finca ganadera. Subimos y subimos, y luego volvimos a la trocha. Lejos, bien lejos.
Al llegar, vimos unas casas abandonadas y unas pocas familias. No habrá más de veinte personas que hayan regresado después del destierro, después de la masacre de cuatro campesinos, asesinados por los paramilitares en este pequeño pueblo.
Solo han retornado cuatro mujeres, y en este lugar tan aislado, tan remoto, alguien me dice: «Somos los machos solos».
Fuimos con unos campesinos a la escuela que está ocupada por la infantería de Marina. Unos campesinos callados, golpeados, unos campesinos muy pobres.
La escuela es un escenario inolvidable. Vi hamacas militares verde oliva que colgaban en las aulas, armas recostadas al lado de los tableros, paredes con grafitis militares.
Todo me confirmaba cómo la guerra penetró las escuelas en los Montes de María, y esto que intuí queda en una fotografía donde vemos una lección de guerra escrita en el tablero, que dice: «Velazco, asegure el kit de explosivista».
Bajo Grande y todos sus alrededores, minados por la guerrilla.
Bajo Grande, sin música, sin luz, huérfano y violentado. Bajo Grande es el pueblo más triste que he conocido.
7 Terreno cercado con pastos para alimentar y guardar el ganado (DLE).
29 de octubre de 2012
Carmen de Bolívar
Corralito está lejos, muy lejos de San Jacinto (Bolívar), donde iniciamos el viaje en el jeep llamado el Relámpago Azul.
Por trochas de tierra nos fuimos adentrando en el corazón de los Montes de María hasta llegar a este pueblo perdido en el tiempo.
Su escuela, de varias aulas, embalsamadas en la ausencia. La fotografié con cuidado. ¿Cuántos años de abandono?
A Corralito muy pocas familias han regresado. Un pueblo sin luz, sin música…
«Aquí hubo mucho muerto», escuché cuando me senté a hablar con algunos de sus habitantes. Sentí hospitalidad.
Vi un zaino8 en un corral, vi venados recién cazados, vi perros de cacería, uno de ellos jadeante, flaco y con la boca llena de sangre.
Corralito, tan escondido y aislado que pensé en los días que permanecieron los cuerpos regados por el pueblo sin que nadie de fuera se enterara…
«Aquí el golero9 se engordó», me dijo un campesino.
8 Cerdo silvestre.
9 Buitre.
29 de octubre de 2012
Las Palmas, Bolívar
Regresamos a Las Palmas. Varias veces nos atascamos en el Relámpago Azul, un jeep de los setenta que rugía como un dragón. Pueblo abandonado, sin luz, olvidado. Algunos campesinos que habían retornado de nuevo se fueron.
Me dieron una guanábana11, la más deliciosa. Ya conozco gente, no es la primera vez que vengo. Aquí tomé una fotografía de la placa conmemorativa con los nombres de las personas asesinadas en la masacre. Esa fotografía la guardan en la iglesia.
En este pueblo «está prohibido enfermarse», me dijeron. No hay puesto de salud, no hay enfermeros, y menos, un doctor.
En esta visita nos acompañó Armando, quien de niño presenció la masacre de los paramilitares en la plaza del pueblo. «Cayeron dos primos míos», dijo, y no habló más. Un joven tímido, muy callado.
En Las Palmas tomé esa fotografía inolvidable, que llamé Silencio con grieta.
Volvimos a visitar la escuela. Tenía bachillerato. Fue una escuela grande, bien construida. El pueblo fue muy próspero. Hoy, arruinado por la guerra. Algunos perros, algunas gallinas. Desolado. Triste. Un pueblo sin música. Solo el canto de un gallo.
11 Fruto del guanábano, de corteza verdosa y pulpa blanca, con sabor muy dulce y agradable.
17 de agosto de 2013
Chengue
Fue en la madrugada cuando el grupo paramilitar Héroes de los Montes de María entró a Chengue. Cortaron la luz y los teléfonos, y encerraron a las mujeres y a los niños en una casa para que escucharan el horror de la masacre.
Cerca de la casa está la piedra donde mataron a treinta campesinos, todos hombres, con un mazo para romper el pavimento. No hubo un solo tiro. Sobre la piedra les reventaron las cabezas. Después de la masacre quemaron el pueblo. Fue el 17 de enero de 2001.
Escuché esta historia en una de las aulas de la escuela abandonada del pueblo. Me la contó Juan Carlos, un campesino de Chengue que ese mismo día logró sacar por el solar de su casa a su familia y escapar al monte.
Él estuvo desplazado durante años, después regresó y la escuela abandonada se convirtió en su nuevo hogar. Un aula es su depósito, la otra es su habitación con una hamaca, un ventilador, algo de ropa y sus chanclas.
Juan Carlos nos habló sin temor. Es un hombre solo y amable. Tendrá unos 35 años. En su mirada guarda una profunda tristeza.
A Chengue pocos campesinos han retornado. Los árboles de aguacate, de los que vivían, ya murieron. Es un pueblo escondido en la alta montaña de los Montes de María, de difícil acceso por trochas de barro.
Chengue es uno de los pueblos más tristes que he conocido. Quieto y desolado. Un pueblo sin música.
21 de agosto de 2013
Bogotá
Elías fue el guía que nos llevó a la escuela de Bajo Grande (Sucre), en los Montes de María. Él, un campesino de sesenta y cinco años, de esta región.
El camino fue largo. Mientras lo recorríamos nos iba mostrando puntos en el paisaje: «Allí arriba hubo un campamento de la guerrilla… Allá, en esa otra montaña, los bombardearon…».
Nos hablaba también de los maltratos y abusos a los campesinos: «De aquí nos sacaron a todos. Nos quitaron la tierra. La guerrilla nos amenazaba».
Cruzamos arroyos, entramos en la selva, parecía que nunca íbamos a llegar. Bien lejos, bien adentro. Y, de pronto, la escuela, embalsamada en su soledad. Muda.
Su techo de eternit estaba casi intacto. Sus tableros verdes, sin ninguna memoria: ninguna letra del alfabeto, ningún número escrito, ningún grafiti en sus paredes pintadas de amarillo.
Su piso, lodoso, resbaladizo. Alguna luz se filtraba por los huecos del techo. Las dos aulas aún tenían sus puertas. Dentro, el ambiente era apretado, húmedo. Sudábamos. El silencio que nos envolvía era el sonido de los pájaros, de la naturaleza.
Al lado de un aula, un árbol. Un ficus con sus raíces retorcidas y enmarañadas en el tronco, como un guardián.
El zancudero13 era feroz.
En un momento vi a Fernando cubierto de zancudos. Sesenta, ochenta, cien. Le traspasaron la ropa, lo devoraron. A mí, en cambio, no me picaron. Algo les tuvo que molestar de mi olor.
Sin Elías habría sido imposible encontrar esta escuela perdida en la selva.
¿Cuánto tiempo han pasado estas aulas sin ver a un ser humano?
13 En El Salvador, Honduras y Nicaragua, grupo numeroso de zancudos (Diccionario de la Lengua Española, DLE).
27 de octubre de 2013
Carmen de Bolívar
La mañana empezó tarde, y cuando por fin arrancamos, nos fuimos por un camino de herradura14 hacia Pijiguay, en la alta montaña de los Montes de María.
¡Aguacero y barro! La mañana gris y oscura. A pie, por una trocha, subimos y nos empapamos hasta llegar a la escuela abandonada de Miramar.
La habita un campesino de la zona, un hombre mayor, muy pequeño, en sus huesos. Su apellido: Aristizábal. «Dos veces fui desplazado», dice.
Nos brindó una patilla15, nos la partió, se sonrió, cálido y hospitalario. «Tomen las fotos que quieran».
Una de las aulas de la escuela, trasformada en un depósito. Allí cuelga las hojas de tabaco que cultiva.
La otra, con un tablero ahumado y oscuro. Hoy día es su cocina, con un fogón de leña. Un gato pequeño se acercó y caminó frente al tablero. Se quedó quieto, tan quieto como un juguete embalsamado. Nos miró. Su mirada destelló como dos luciérnagas.
No hablamos de la masacre de Pijiguay, adonde no pudimos llegar. Salió el sol, calentó. A Pijiguay eran dos o más horas empinadas… ¡Suficiente!
Bajar de Miramar, a pesar de tanto barro, no fue difícil. Un sol ardiente pintó el paisaje. Volaron mis ojos en la inmensidad de los Montes de María.
¡Resplandecientes, verdes, infinitos!
14 Camino de tierra.
15 Sandía.
31 de diciembre de 2013
Bogotá
En este último viaje a los Montes de María, regresé a la zona de Mampuján a revisitar las escuelas abandonadas que había fotografiado en 2010.
No sabía lo que iba a encontrar. Hubo sorpresas.
En la escuela de Munguía ya se había caído, en pedazos, ese tablero gris, atravesado por una sombra negra, que llamé Silencio muerto.
Ahora aprecio mucho más esa fotografía, que guarda la memoria de ese tablero que había perdido el color verde que alguna vez tuvo.
En 2010 también tomé una fotografía de la escuela por fuera, por la parte de atrás. Nos muestra que la escuela ya era un cadáver tostándose bajo el sol inclemente de los Montes de María. Este cadáver ya no existe, se cayó.
En Munguía sentí una enorme tristeza. También sentí cómo en mi fotografía se preservó esta escuela que ya es una ruina.
Todo pasa. Nada se detiene. ¡Las aguas de Heráclito! Las aguas donde finalmente todo y todos nos ahogamos.
31 de diciembre de 2013
Bogotá
«Es muy probable que el burro traía a un niño y volvía por él a la escuela... El burro vuelve por ese niño que ya no está». Gabriel Pulido, campesino de Mampuján.
2 de enero de 2014
Bogotá
Volvimos a Santa Fe de Icotea por una trocha de piedra y tierra, larga y empinada. Lejos, muy lejos.
«La escuela está frente a una bonga16 muy grande», nos recordó un campesino al iniciar el camino hasta allí.
La maraña se la tragó. Está tan escondida que si no es por ese árbol majestuoso no la hubiéramos encontrado.
Ese árbol frente a la escuela «vio» ese primer día en el que no volvió a entrar un solo alumno, una sola docente, una sola familia. «Vio» cuando a la escuela le desmantelaron los techos y le arrancaron las puertas, cuando el monte comenzó a devorar las dos pequeñas aulas, cuidadosamente decoradas con las letras del alfabeto, con los números del 1 al 10, con los signos del + y del –. Él es otro testigo.
Una docente debió pintar con colores alegres todos estos detalles en las paredes de esta escuela, que conmueven desde el instante en que uno entra en ella.
Dentro todo estaba quieto. No se movía nada, ni una sola hoja. En esa maraña de hojas verdes, el calor, el sudor, el susto de pisar una culebra, pero nada, nada en absoluto me impidió sentir de nuevo esa energía para fotografiar esta escuela que volvía a romperme por dentro.
Y esa luz fuerte que pegaba sobre las letras y los números, esa luz que iluminaba esas paredes muertas... Esa luz queda fija en mis fotografías y, con mis fotografías, esas paredes vuelven a vivir antes de que la maraña las devore, en poco tiempo, para siempre.
16 Ceiba.
21 de enero de 2014
Montes de María
La escuela de la vereda Los Aceitunos está lejos, perdida en medio de Las Aromeras de los Montes de María. Es verano. El camino de tierra, estrecho, seguía y seguía. No nos cruzamos con un solo campesino y, al final, en una curva, la escuela en ruinas, rodeada de un monte seco. Desolada y solitaria.
Su techo, en pedazos en el suelo. Su tablero roto aún colgaba en la pared del fondo: un tablero mutilado. La escuela fue bombardeada en 2005.
Entrar en ella resultó inhóspito. Un monte lleno de espinas sofocaba el aula y un silencio olvidado la embalsamaba.
Permanecí largo rato observando el tablero roto, y muy cerca vi una araña muerta. Colgaba de un hilo. La araña en el viento se mecía y parecía encarnar el baile de la muerte.
La guerra aquí, como en tantas otras escuelas, ganó la partida.
20 de diciembre de 2014
Las Palmas, Bolívar
Hoy día, el camino a Las Palmas está en mejores condiciones y el pueblo, finalmente, tiene luz de una planta eléctrica.
En esta visita conocí a Carlos Vásquez, hombre pausado, fino, de unos 65 años. Todo un señor. Nos guio a la escuela, que está devorada por la soledad.
El Silencio con grieta ya está en sus últimas. Le volví a tomar fotografías. ¡Este tablero me deja sin palabras!
El señor Vásquez nos contó cómo presenció la masacre perpetrada por los paramilitares en la pequeña plaza del pueblo:
«Antes de asesinar se comieron un sancocho18 de gallina y después de comer empezó el horror. Sacaron a los niños a la plaza y empezaron a chocar dos jeeps. Un jeep de la comunidad y el otro de San Jacinto. Los conductores eran paramilitares. Se chocaban y yo ayudaba a levantar a los niños que se desmayaban. Después comenzaron a matar. Primero a un joven, luego a su mamá, luego a otro muchacho que suplicaba: "No me maten, que soy inocente". Después de asesinarlo, el comandante dio un paso sobre su cuerpo y dijo: "Inocente o culpable, ya está ahí". Todo delante de la comunidad reunida a la fuerza».
También cuenta el señor Carlos Vásquez que cuando encontró en una de las calles del pueblo a su hijo, este corrió y se le tiró encima y, besándolo, le dijo: «¡Papi, papi, estás vivo!».
18 Guiso a manera de sopa algo espesa, con gallina, yuca, ñame, plátano, cilantro y orégano (Diccionario de Americanismos, DA).
18 de agosto de 2015
Cartagena
Para llegar a la escuela abandonada de Santa Cruz de Mula el camino es selvático, lleno de arroyos. Camino verde, espeso, camino difícil que sube y baja, baja y sube, lleno de piedras, empinado, entre árboles inmensos. Sentí que viajaba por el fin del mundo.
Al borde del camino hay una pequeña casa de bahareque20, con techo de palma y piso de tierra. Allí vive sola la señora Rosalía. La volvimos a visitar, siempre sentada en la misma silla y en el mismo lugar de su casa. Hace un año la conocimos y recuerdo que nos habló de su marido, quien murió a los 106 años, y a esa edad todavía se subía a su mula.
Doña Rosalía, con su mirada ausente, envuelta en la neblina del olvido. Esta vez no nos reconoció. Alimenta con plátanos verdes a sus cerdos. Tiene también gallinas, perros y un gato. Sus animales son sus compañeros.
Sentada en su silla, pienso en cómo espera la muerte. Habla muy poco. La arropa el verde exuberante de la selva. Más allá se oye un arroyo. «Por allí pasaba la guerrilla y hacía su comida», nos dijo cuando la conocimos.
El mapa terroso de su rostro, sus ojos callados, su quietud… No me imagino la dureza de sus días. ¿Tendrá noventa años?
Sin radio ni televisor, sin noticias más allá de su casa. El aire puro del monte. Vive en un punto perdido, en unas lejanías por donde muy pocos pasan.
Doña Rosalía guarda una indescifrable tristeza que me atraviesa. ¿Con quién habla en su profunda soledad?
20 Pared de palos entretejidos con cañas y cubiertos de barro (DA).
29 de diciembre de 2015
Bogotá
Acabo de regresar de los Montes de María. Conocí una nueva zona: Palo Alto, en Sucre.
Del hotel de Cruz del Vizo salimos a las 4:30 a. m. Una hora después llegamos a Palo Alto, donde el guía local, José Domingo, hombre joven y de pocas palabras, también desplazado de sus tierras, nos esperaba con los mulos ensillados. Éramos Palencia, Fernando, Jader, Johnny y yo.
Durante años, esta zona estuvo controlada por la guerrilla, luego entraron los paramilitares y, en la vereda El Toro, masacraron a cinco campesinos. Huyó la población.
Llegamos al corazón de Palo Alto a lomos de mulo. Mi mulo lento, muy lento, con una silla de montar pequeña, incómoda, dura. Por caminos con sombra y riachuelos de aguas limpias, frescos y exuberantes, caminos que nos llevaron muy adentro, a una escuela que hoy día es un depósito donde los pocos campesinos que han regresado guardan el arroz que recogen.
Israel, un hombre de 64 años, negro, sin una onza de grasa, sonriente y amigable, nos abrió la escuela, ubicada en lo que fue El Algarrobal, un caserío donde no quedó una sola casa. Él retornó hace unos años y construyó su nueva vivienda con techo de palma. «Los paramilitares desplazaron y mataron gente. A mí me quemaron la casa. Esa noche no estaba allá o me habrían quemado dentro».
Israel nos llevó hasta un pozo de agua fría y refrescante. Nos bañamos. Flotaba. Me quedé un buen rato. Me olvidé del mulo. Nunca había montado en mulo. Cuando era niño, aprendí a montar en caballos de polo que traía mi papá de Argentina.
Fui un niño mimado. Haras Santa Lucía, el criadero de caballos de carreras, quedaba como a veinte minutos de nuestra casa en El Poblado, en Medellín. Muchas veces me iba caminando solo para mirar los caballos. Salía de mi casa, cruzaba unos samanes22 de ramas inmensas, me colaba por entre una cerca de bambú espeso y salía a un puente de madera sobre una quebrada. Continuaba por potreros extensos sembrados con un pasto muy alto por donde sentía miedo de meterme.
Recuerdo un día que volvía a mi casa después de visitar a Nur-U-Din, un caballo inglés traído como reproductor. Negro, de piel brillante, manso y de una enorme belleza. Había llovido mucho y, en algún potrero cerca de la quebrada, vi unos charcos grandes, y en uno de ellos vi peces que saltaban. Me quedé mirándolos. Los toqué. El agua estaba caliente. Saltaban como si se estuvieran asfixiando... No entendí qué hacían los peces fuera de la quebrada, en medio de los potreros. Miré al cielo y vi nubes negras, cargadas. Pensé que de esas nubes habían caído los peces. ¿Tendría seis años?
Al hotel de Cruz del Vizo regresamos como a las 6 p. m. Volvimos rendidos, con los músculos de las piernas tensionados y adoloridos... pero poco me importó. Llegamos a una escuela más allá de la isla de Java. ¡La fotografiamos!
La fotografía me dejó ver mucho más allá... Más allá de esas cinco horas en el lomo lento de un mulo... Más allá, mi niñez con Nur-U-Din. Espléndido. Manso. Erguido.
22 Árbol de la familia de las mimosáceas, que puede alcanzar hasta 60 metros de altura y 50 metros de diámetro de copa.
20 de febrero de 2016
San Cristóbal
Alexandra nació aquí, en San Cristóbal, y nos trajo a conocer a su amiga Osnilda, para luego llevarnos a una escuela abandonada por la guerra. A ella, de niña, la sacó su abuela del pueblo para que no se la llevara la guerrilla.
«Cuando entraban los guerrilleros a mi casa y pedían agua, mi abuela temblaba tanto que ya no había nada de agua cuando llegaba donde ellos», nos cuenta Alexandra en el pasillo de la casa de Osnilda, con quien no se encontraba desde hacía algunos años.
«Cuando Alexandra se fue nos alejamos», dice Osnilda. «De niñas éramos muy amigas».
«¿Recuerdas cuando una guerrillera mató delante de todos a un muchacho al que le decían El Chue?», le pregunta Alexandra a Osnilda.
«Hubo mujeres que se orinaron y el comandante ordenó: "¡Que nadie llore!"», responde Osnilda, quien nunca salió del pueblo. «Solo ahora superé el miedo que le tenía a los muertos. Me ponía a gritar. Aquí se perdió la cultura, la alegría, el bullerengue24 se perdió, el tambor y el llamador25, la marimba26, el baile de negros, aquí todo se acabó… Lo que nos quedó fue el silencio de las cantadoras27».
«¿No quedó ninguna cantadora?», les pregunté, y en seguida me llevaron a conocer a la señora Fernanda Peña, la última cantadora de San Cristóbal.
«Mi placer es conocerlo», me dijo al estrecharnos la mano en su humilde casa. Ella se acerca a los cien años, su mirada aún presente. Con su voz añosa recordó unos versos:
Canto estos versos y los canto con franqueza,
a mí nunca se me olvidan, los saco de mi cabeza.
No tengo gracia ninguna, pero tengo versos bastantes,
ellos salen al compás y vienen al consonante.
Hace rato no cantaba porque tenía miedo,
porque estaba lejos, en una tierra donde no me hallaba.
San Cristóbal, un pueblo triste, desolado, tan quieto que hubo tiempo para observar, tiempo para escuchar y sentir, tiempo para olvidar el tiempo…
24 Ritmo popular, variante de la cumbia.
25 Instrumento musical de percusión.
26 Instrumento musical de percusión, parecido al xilófono.
27 Mujeres afrocolombianas que, acompañadas de palmas y tambores, cantan versos que preservan la historia de su pueblo.
9 de abril de 2016
Cartagena
Hoy salimos del hotel en Carmen de Bolívar a las 6 a. m.
Fuimos primero a la vereda32 Naranjal. Encontramos una escuela abandonada de una sola aula al borde del camino. En la única pared que quedaba, nos esperaba su tablero33: muy pequeño, cuadrado. Nunca había visto uno como este, verde intenso como una esmeralda.
Luego continuamos hacia Colosó, pero antes paramos en una casa campesina. Fue entonces cuando conocimos a don Ramón Rivera, de 81 años. Erguido, delgado, muy sonriente y hospitalario. Tan sonriente que no es difícil ver que le queda un único diente en la boca.
Nos contó don Ramón que la violencia brava por estos lados tuvo lugar de 1998 a 2007. «Mucha gente se fue. No quedó nadie. Campesinos mataron muchos. Le daban a uno ganas de llorar. Me quedé… No salí».
Don Ramón y su hijo Jorge nos llevaron a la escuela abandonada de su vereda, Asmón. «Aquí estudié yo. Antes había mucho respeto por los profesores. Era una alegría venir aquí. Podíamos ser unos cuarenta estudiantes», nos dijo Jorge mientras fotografiábamos el tablero de la escuela. Él, un campesino fuerte y sonriente, con unos ojos verdes intensos, tan intensos como el verde esmeralda de ese primer tablero que nos sorprendió en la mañana.
Fuimos después a su casa: un rancho con techo de palma y piso de tierra, de impecable limpieza. En el interior colgaban tiras de revistas recortadas que se mecían en el viento como móviles de muchos colores. Alegraban la vivienda.
Nos sentamos. Nos ofrecieron tinto34, tinto campesino hecho en fogón de leña. ¡Cómo me gusta!
Estas dos escuelas no las conocían nuestros guías. Sin buscarlas, las encontramos. Envueltas en su silencio, nos llamaron para no quedar en el olvido.
32 En Colombia, sección administrativa rural.
33 Pizarra, encerado o cuadro para escribir o dibujar.
34 En Colombia y Ecuador, infusión de café negro.
13 de julio de 2016
Florencia, Caquetá
Hoy salimos del hotel en Florencia a las 6 a. m. hacia el pueblo de Zabaleta, donde nos embarcamos en el deslizador37 de Rodolfo.
Navegamos por el río Zabaleta. En sus orillas vimos yarumos38, guaduales39 y árboles inmensos, como el higuerón40. También vimos fincas ganaderas y cultivos de coca… Continuamos hasta la bocana del río Fragüita, de aguas agitadas y pedregosas, de difícil navegación. Íbamos en busca de la escuela La Bocana del Fragüita.
Silfredo, un excombatiente de las FARC, pintó esta escuela durante los talleres de pintura que organizamos en 2008.41 La guerrilla acusó a la profesora de ser colaboradora del ejército. En la pintura, ella aparece frente a la escuela, maniatada entre dos guerrilleros. Luego en una pequeña embarcación llamada la Peligrosa y, más allá, ahorcada entre dos árboles muertos.
¡Cómo no íbamos a llegar a esta escuela!
Hoy, la escuela es un cadáver invadido por el rastrojo. De una sola aula. Sin puertas ni ventanas, sin techo. Su tablero, envuelto en un silencio luctuoso.
«Aquí estudié de niño... Fue la misma gente que vivía por aquí la que construyó esta escuela. Éramos como cuarenta alumnos. En el año 2000 todavía funcionaba», nos cuenta Rodolfo.
Escribo en un rincón de la escuela. Me pregunto por la profesora: ¿cuál sería su nombre? ¿Qué pasó con su cuerpo? ¿Lo arrojaron al río? ¿Alguien lo pudo enterrar? ¿Dónde estará?
En la pintura de Silfredo y en la fotografía que tomamos del tablero, su historia no se borrará.
37 Lancha rápida, con motor de propulsión, que se usa en ríos y lagos (DA).
38 Guarumo, árbol de hasta 20 metros de altura, cuya madera se usa en artesanía.
39 Sitio poblado de guaduas, planta arborescente de hasta 25 metros de altura, cuya madera se suele utilizar para construir cercas y viviendas.
40 Árbol cuyo fruto es similar a la breva.
41 Talleres de pintura que hacen referencia a la obra La guerra que no hemos visto (2007-2009); laguerraquenohemosvisto.com/es/
18 de agosto de 2016
El Respaldo
7:12 a. m.
En el camino hacia el caserío El Respaldo vamos con don Raúl, líder comunitario.
Don Raúl fue docente durante cuatro años en la escuela mixta de El Respaldo.
«¿Por qué la guerrilla reclutaba niños?», le pregunto.
«Es más fácil educar a los niños en el campo militar y político. A los niños les llaman la atención las armas, los uniformes. Casi pierdo a una niña, se la querían llevar pequeña, la tuve que sacar de la escuela para llevarla a El Carmen», me cuenta don Raúl.
11:15 a. m.
Llegamos a la escuela abandonada de la vereda Madrid, en Las Aromeras de los Montes de María. La devoraba un monte espeso. Entramos. Se nos pegó de inmediato a la ropa un bejuco45 abundante al que llaman «cadillo» o «amor seco». «No lo toquen», nos advierte Jader, y enseguida nos muestra otras plantas:
Túa-túa: la utilizan cuando los niños tienen piojos.
Balsamina: la utilizan para la picadura de culebra.
Anamú: la utilizan para la gripa46.
Carne asada: la utilizan para cocinar.
Pela mano: si la agarra, queda con rasquiña47.
Ojito de Santa Lucía: para la vista.
Oreja de mulo: no la utilizan para nada.
Luego continuamos en el jeep por una trocha de piedra y tierra, estrecha y desnuda.
12:09 p. m.
Llegamos a El Respaldo. Algunas casas abandonadas, perdidas entre el rastrojo.
La escuela, convertida en un cadáver de ladrillos. Pequeña, de una sola aula. Sin su tablero.
¡Una escuela muda!
45 Planta sarmentosa y trepadora, propia de regiones tropicales.
46 Gripe.
47 Comezón.
22 de agosto de 2014
Cartagena
Para llegar a Bongal II, caminamos entre cardones49 muy altos y gruesos. No dejamos de observarlos, de admirarlos. Nos gusta detenernos ante las maravillas de la naturaleza.
Llegar fue fácil. Subimos por un camino suave y, en lo más alto de uno de los cerros, encontramos la escuela rehabitada por unos campesinos. Nos acogieron, nos llevaron al aula.
Dentro había camas de palo, hechas por ellos mismos. Inolvidable la cuna del niño, frente al tablero, con su mosquitero.
De repente, el sol del atardecer se coló por una ventana rota. Iluminó una pila de maíz en un rincón del aula.
Fue un instante dorado. Tomé la fotografía.
49 El cardón es un tipo de cactus (Pachycereus pringlei).
12 de octubre de 2016
Cruz del Viso, Bolívar
Para llegar a la escuela de Caña Fría, el camino a caballo fue de nueve horas. Ir de Palo Alto y volver a Palo Alto, en Sucre. Caminos de herradura, estrechos, de mucho barro. Es invierno. Se resbalaban los caballos y varias veces me tuve que bajar. Iba con Fernando, Emmanuel y nuestro guía, José Domingo, una persona de pocas palabras, agradable en su silencio, atento. Un buen guía que conocía a los pocos campesinos que encontramos a lo largo del camino.
Este es un territorio lejano, de gente negra, atravesado por un arroyo de agua abundante, selvático, de árboles inmensos, adonde muy pocos campesinos han regresado después de la masacre paramilitar de cinco de ellos en la vereda El Toro en el año 2000.
En Caña Fría volvimos a sentir hospitalidad: el tinto hecho en fogón de leña, servido en un pocillo pequeño, es una pausa en el camino, una pausa para conversar con el campesino y escucharlo, una pausa que se alarga y en la que se puede aprender algo de quien vuelve a sus tierras después de tantos años de destierro.
Este tinto nos lo tomamos en casa de Danoi, su mamá nos lo brindó. Danoi, joven, bello, de linda sonrisa. «Bienvenidos», nos dijo antes de llevarnos a la escuela abandonada por la guerra.
Una de las aulas estaba en ruinas. La otra, transformada en la vivienda de un joven campesino, con su cama y sus ollas de cocinar en medio de un depósito de arroz y maíz.
«Aquí fueron mis primeras clases», nos dijo Danoi.
Al regreso, volvimos por el mismo arroyo con sus majestuosos árboles —el copé, el suan, el caracolí, el jobo—, y más allá el cielo se oscureció. Truenos y relámpagos. Nos empapó un aguacero. Las gotas, tan gruesas «que parecían de cristal», nos dijo Fernando.
En un momento dado, el caballo de Emmanuel se hundió en el barro, y se sacudió. Emmanuel perdió el equilibrio y cayó al suelo. El barro lo protegió. A nuestro guía también lo tumbó su caballo. Se hundieron sus cuatro patas en el barro. José Domingo lo fustigó con una rama, saltó el caballo y él cayó al suelo. El barro espeso también lo protegió.
Estos aguaceros en el trópico me sacuden, me hacen sentir el poder inmenso de la naturaleza, me oxigenan y puedo exclamar: «¡Estoy vivo!».
Moribundos llegamos a Palo Alto. Moribundos. Nueve horas al lomo de un caballo para llegar a esa escuela, para conocerla y fotografiarla. Para que exista y no se olvide. Para que logre, en su silencio, hablar de la educación como víctima de la guerra.
19 de enero de 2017
Bogotá
Sobre la escuela del Resguardo51 Páez:
Después de almorzar en su casa, en la vereda Berlín, en el Caquetá, Rigo nos llevó a una escuela abandonada por la guerra detrás de los Portales del río Fragüita. Sería una hora caminando por una trocha tupida entre la selva. De nuevo, me asombré con el tejido de los nidos del mochilero52 que cuelgan de las ramas altas de los árboles. Volví a escuchar su canto acuoso, quisiera que anidara para siempre en mi oído…
A orillas del camino, Rigo cogió las hojas de una planta enredada al tronco de un árbol. Me abrió su mano y me dijo: «Esta es el árnica. ¿La conoce?».
La escuela resultó ser de un resguardo indígena. Era pequeña, de una sola aula con dos tableros, uno enfrente del otro. Regados por el piso vimos cuadernos infantiles de español y matemáticas del primero al quinto grado. Centro Educativo de los Andes, era el nombre de esta escuela.
A pocos pasos, la vivienda olvidada del profesor, donde encontramos otros cuadernos, algunos muy comidos por el comején53. Al abrirlos, leí su nombre: José Ulcue.
Su letra humilde, a lápiz, parecía escrita en la noche, a la luz de la vela, cuando anotaba algunas observaciones sobre sus alumnos, cuando pensaba en las tareas del próximo día:
05 marzo-2014. Grado cuarto. Lenguaje. Los estudiantes Pablo y Edwin fallaron en el examen. No muestran interés por las clases.
11 abril-2014. Grado quinto. ¿Qué es una narración? ¿Qué es una metáfora?
23 abril-2014. Grado tercero. Yulissa se distrae y no realiza actividad. Hablaré una vez más con la mamá.
22 mayo-2014. Segundo-quinto. Lenguaje. Fallas: César, Yulissa, Norvey.
31 mayo-2014 Grado tercero. Traer escrito un mito o leyenda de la región.
02 julio-2014. Grado segundo. César llega muchas veces con la camisa sucia.
14-16 julio. Quinto grado. Lenguaje. ¿Qué es el amor?
03 septiembre-2014. Segundo grado. Santi siempre llega en burro y vuelve por él después de clases.
Entre los cuadernos, había también papeles sueltos… Una carta escrita por una madre al profesor. Ella le habla de su hijo César, le cuenta que su casa está muy lejos y que, en los meses de lluvia, el camino se llena de barro y se crecen los arroyos. Por eso el niño a veces no puede llegar a la escuela.
Otra carta, a lápiz, escrita por el profesor al presidente de la Junta de Acción Comunal:
«Hago llegar esta nota con urgencia porque el Establecimiento Educativo de los Andes se encuentra en muy mal estado, porque la ganadería deja orines y estiércol que no se aguanta nadie. Espero una pronta solución. Gracias por su atención».
La última entrada del cuaderno del profesor José Ulcue:
15 octubre-2014. Nadie asistió.
51 En Colombia, un resguardo es un territorio que se otorga a una comunidad indígena para su uso y propiedad colectiva.
52 Psarocolius decumanus Pallas, también llamado cacique crestado, oropéndola crestada, conoto yapú o conoto negro.
53 Termita.
12 de marzo de 2017
Las Palmas, Bolívar
Regreso a Las Palmas después de unos años a visitar el Silencio con grieta.
El tablero se cayó en pedazos. En la fotografía queda la memoria de ese tablero inolvidable.
Pregunté por el señor Carlos Vásquez, quien me había contado historias del horror que vivió el pueblo. Me comentan: «El señor Vásquez falleció en noviembre, el 26 de noviembre de 2016».
Sus vecinos me dicen que el señor Vásquez fue inspector de Las Palmas. Fue una persona muy querida en el pueblo. Tenía unos 70 años.
Aquí estoy, ante su tumba a ras de tierra. Sobre su lápida pongo un ramillete de flores moradas y pequeñas que llaman «la siempreviva».
19 de noviembre de 2017
Carmen de Bolívar
Llegamos a la escuela llamada La Estrella.
Humilde, de una sola aula. Una escuela abandonada por la guerra.
Dentro, un tablero triste, envuelto en su silencio. Un aula de las más conmovedoras que he encontrado en tantos viajes por los Montes de María.
El pasto seco, amontonado en el piso, le da al aula un silencio diferente, un silencio único y sobrecogedor, un silencio sacro.
En este día por las tierras bajas a orillas del río Magdalena, un árbol me atrapó la mirada: un guayacán57. ¿Qué sueños me podrían abrazar bajo su sombra frondosa?
A esta zona nunca habíamos llegado. Fuimos hasta un pueblo muy limpio, con casas de colores vivos, bien cuidado. Un pueblo tranquilo, el más bello que he conocido en los Montes de María: San Andrés.
Allí, una señora sentada en su mecedora, en el pasillo de su casa, me dijo: «A esta hora era cuando nos encerrábamos, cuando entraba la guerrilla o los paramilitares, y nosotros cerrábamos las puertas. A todos ellos les daba rabia».
Miré mi reloj. Iban a ser las tres de la tarde.
57 Guayacán amarillo, árbol que puede alcanzar hasta 25 metros de altura y con llamativas flores de color amarillo intenso.
7 de junio de 2018
Montes de María
Escribo sentado en la escuela Fernán Díaz, otra escuela abandonada por la guerra. La envuelve el monte con un coro escandaloso de guacharacas59 que se contestan de un lado al otro, una gritería de mil voces que aturde y encanta.
Estamos en la vereda Bajo La Palma. Nos acompañan dos campesinos de aquí: don Joaquín, de 72 años, y don Leónidas, de 79. Ambos, firmes como un roble. Abiertos y sonrientes.
Llegamos a la escuela por un camino bello, rodeado de palma amarga, que nos llevó a un valle de muchos verdes. Bajo La Palma, con todas sus viviendas de techo de palma. Su arroyo con árboles majestuosos como el caracolí. «Aquí a estos árboles los protegemos», me dice don Joaquín con mucho orgullo.
La escuela, pequeña, de tres aulas. «¿Quién era Fernán Díaz?», les pregunto al ver este nombre escrito en letras azules en la fachada.
«Fue un líder campesino asesinado como en el 85. Un hombre moreno, alto. Lo mataron en su casa, le dieron seis tiros por la espalda. Fue uno de nuestros líderes más importantes».
Don Leónidas y don Joaquín hablan con firmeza sobre los atropellos que han sufrido los campesinos de esta zona desde hace años y más años. «Por aquí ha habido un abuso grandísimo de los paramilitares, del ejército y de la guerrilla», nos dicen.
Don Leónidas nos cuenta que aquí, en Bajo La Palma, las FARC reclutaron a ocho jóvenes: «Todos están muertos. A mi hijo se lo llevaron obligado. Tenía 24 años. Se iba o lo mataban. A los pocos años apareció muerto, me informó la guerrilla. Aún no me lo han entregado».
De repente, entre los árboles, surgió uno de los cantos más melodiosos que he escuchado en los Montes de María, un canto de notas dulces, tan dulces como un caramelo que se deshace en el caracol del oído…
Don Leónidas, sorprendido por mi silencio, me dijo: «Ese es el canto del tumba yeguas60».
59 En Colombia y Venezuela, ave vocinglera del orden de las galliformes (DLE).
60 Pájaro del orden de los gorriones, llamado también cerquero negrilistado.
1 de febrero de 2019
Bajo Grande, Sucre
9:27 a. m. Escribo sentado en un tronco caído.
Después de muchos años, regresamos a esta pequeña escuela de dos aulas. La reconocí por el ficus de tronco grueso y retorcido que permanece como un guardián en su entrada.
Llegamos después de dos horas en jeep por un camino despejado y rodeado de monte. Vimos pocas casas campesinas.
Es verano. Arde el sol.
Fernando y yo nos sorprendimos. Las aulas, hoy día sin techo, con capas y más capas de hojas muertas y arbustos secos que en el viento rasgaban el silencio de esta escuela.
Vinimos con Jaime Montes, un campesino mayor que retornó a Bajo Grande tras diecisiete años de destierro.
«En febrero del 2000 nos fuimos con mi familia después de la masacre del Salado. Aquí no quedó nadie. En esta tierra hubo muchos combates entre el ejército y la guerrilla», nos cuenta con su voz añosa antes de mostrarnos los agujeros por donde las balas traspasaron las paredes de la escuela.
De repente, el graznido penetrante y áspero de un pájaro…
«Es el yacabó. Anuncia la muerte y toca hacer una cruz de ceniza en el camino. La cruz aleja su canto», nos dice el señor Montes.
Cuando el yacabó volvió a graznar, recordé en mi colegio, en mi niñez, unos versos que recitaba de Edgar Allan Poe:
Entonces me acerqué a la ventana y la abrí, y una sombra negra se deslizó dentro…
¿Qué buscas aquí, cuervo?
¿Qué mensaje traes de la noche y del viento?
Y el cuervo me respondió: «Nunca más».
¿Qué significa eso...? ¿Por qué me dices «Nunca más»?
Y el cuervo me respondió: «Nunca más».
Nunca más… Nunca más… ¿Cuándo será que con estas palabras nos podremos despedir de la guerra en Colombia?
12 de septiembre de 2019
Naranjal, Montes de María
Estamos frente a la escuela cuya fotografía llamamos Silencio esmeralda.
Hoy, encontramos su tablero en el piso, en pedazos. Apenas unos fragmentos verdes en el suelo.
Se borró este testigo de la guerra, pero en las fotografías que logramos en dos visitas anteriores este tablero se resiste a morir.
18 de octubre de 2019
La Cedro, Caquetá
Llegamos a La Cedro por una trocha cubierta de vegetación espesa, exuberante. El sol se filtraba entre las hojas y los verdes explotaban en diferentes claroscuros. Atravesamos un arroyo de aguas transparentes, lleno de piedras cubiertas de distintos musgos. En medio de la naturaleza, la mirada se expande, vuela.
El camino era tan bello que no nos dimos cuenta de que para llegar estuvimos dos horas y media a lomo de mula. Montar en una mula es atravesar el tiempo, es llegar a otros tiempos.
En La Cedro no queda una sola casa. En medio del monte, está sola la pequeña escuela de madera, de una sola aula, con techo. Dentro, unos pocos pupitres. En uno de ellos escribo.
El tablero blanco, muy pequeño, tiene dibujos en tinta azul. Encima, unas letras visibles dicen: «Escuela La CED». La r y la o están borradas. Todo se desdibuja, se olvida.
Nos trae a estas tierras Edinson, quien estudió aquí hace doce años. La Cedro fue su primera escuela, antes de irse a la guerrilla, a los once años.
«La misma comunidad construyó esta escuelita. La profesora Yarledis dormía aquí mismo. Tenía una niña de un año y aquí vivían. Era joven, muy comprometida. Podía permanecer un mes entero. Evitaba salir para no tener problemas con la guerrilla», nos cuenta.
Entre las patas de las sillas hay un trapo redondo: es lo que quedó del balón de fútbol. Edinson lo recoge y recuerda a sus compañeros: «Giovanny, Lorena, Dayana, Brian, Robinson, Arvey, Harlison, Jason, Carlos, Hernán y John Freddy, el más indisciplinado del salón».
Mientras escribo, la tristeza me atraviesa el corazón. Entro a la habitación de la profesora. Veo muchos cuadernos de niños, también un pequeño mueble de madera con matas que crecen dentro, pocillos rotos, un sanitario entre la manigua64.
La Cedro fue durante años territorio de las FARC. Fue abandonada en el año 2008, me dice Edinson: «Cuando entró el ejército, comenzaron a matar a campesinos. Los vestían de camuflado y los hacían pasar por guerrilleros».
Nunca imaginé conocer una escuela tan lejana, sentirla, fotografiarla... Revelar su silencio, su abandono, su desolación... La huella profunda de la guerra.
64 Hierbas o arbustos espesos.
15 de marzo de 2021
La Candelaria, Bogotá
En el 2011 visitamos esta vereda para conocer su escuela silenciada por la guerra. El jueves 11 de marzo regresamos. Queríamos ver qué nos encontrábamos diez años después.
Un camino que se desprendía del pueblo de Arjona, en Bolívar, nos llevó una hora después a Bayano. Un camino de tierra y piedras. El paisaje quemado por un verano largo y feroz. No nos cruzamos con ningún campesino.
Con nosotros estaba doña Celestina, quien en el 2011 también nos había acompañado. Una mujer pequeña, de 73 años. Su padre, palenquero. Su madre, de La Guajira. Fue desplazada de Bayano en el 2003.
«Aquí hubo dos desplazamientos», nos dijo, «el primero en el 2001 y luego en el 2003. Todos los campesinos salimos a pata como la garrapata».
Las tres aulas de la escuela, sin techo, cada una con su tablero: silencios calcinados. Una de ellas, transformada en un corral con tres cerdos pequeños a pleno sol, sin agua, flacos y huérfanos. Algunas mazorcas regadas por el piso. Sus chillidos, al vernos, como quejidos. Abandonados y sedientos. Caían las doce del día, ardía el sol en la vereda, ¡me encendía por dentro!
Al regreso, quizás al vernos tan callados, doña Celestina nos sorprendió con sus décimas, sus rimas y sus dichos:
«Yo vengo de Santa Rita
tocando mi guitarrita,
al que se mete conmigo
le meto mi lancita.
Adivíname esa adivinanza…».
Al vernos perplejos, soltó una carcajada y nos dijo: «¡El mosquito!».
«A mí me dijo Venejo
arrancado una mata de yuca
que el hombre cuando se pone viejo
hasta el cuero se le chupa…
Adiós, señor Peña,
lo tiene afuera y se le menea».
«Eso, mi amigo, es para alegrar los corazones», me dijo. Y durante el camino continuó con más dichos y más rimas.
Con su risa torrencial, el alma me volvió al cuerpo.
28 de noviembre de 2021
La Florida, Bolívar
La escuela de la vereda Bongal está muy cerca de la carretera principal entre Carmen de Bolívar y Plato. Cruzamos por potreros de ganadería y más allá, entre cactus, nos esperaba su tablero cortado por la mitad.
Nos acompañó don Luis, vecino de esta zona, desplazado varias veces de su vereda, La Florida, adonde regresó en 2009, diez años después de su último desplazamiento.
Mientras caminábamos, me contó que fue acusado de ser guerrillero. «Los soldados me fuetearon66 con la rama de una mariangola67». Pasó cincuenta y nueve meses en la cárcel de Ternera, en Cartagena.
«El Gobierno mató a mi hijo Carlos. Fue el 8 de febrero de 2006. Tenía 28 años. Había prestado su servicio militar. El mismo día, la misma noche, mataron a mi hermano Antonio, de 35. Lo acusó el ejército de ser guerrillero».
Después de fotografiar la escuela, nos invitó a tomar un tinto a su casa y fue allí cuando, al mostrarme la foto de su hijo, me apretó la mano, lloró y, después de una pausa, me dijo con su voz entrecortada: «Volví a mi tierra solo con un gallo».
66 En varios países de América, azotar algo o a alguien con un fuete [látigo] u otro objeto semejante (DLE).
67 Arbusto o árbol de flores blancas.
7 de marzo de 2023
Bogotá
A las 6 de la mañana llegamos al pueblo de Chalán, en Sucre, para salir en un tractor hacia la escuela El Limón.
Es verano, los calores son intensos. Le debíamos ganar al sol de los Montes de María.
Agarrados a unos lazos69, brincamos para arriba y para abajo en el remolque que jalaba70 el tractor. Otras veces, éramos sacudidos de lado a lado como racimos de plátano por esa trocha de tierra, huecos y piedras.
Al inicio cruzamos arroyos frescos con árboles inmensos como el caracolí, con sus raíces gruesas, retorcidas y protuberantes, su tronco añoso y sus brazos que se pierden, verdes, en el azul del cielo... Luego se desnudó el camino y el sol apareció con sus primeros rayos.
Una hora más tarde, el tractor se detuvo. Nos bajamos y continuamos a pie por un camino de mulas hasta llegar a una casa campesina con piso de tierra y techo de palma, donde Alberto, de 65 años, nos dio la bienvenida. Él nos llevaría a la escuela El Limón.
La escuela, sin techo, de una sola aula, estaba llena de arbustos y plantas. Entramos Fernando y yo en silencio con el trípode y la cámara. Con cuidado apartamos los chamizos71, nos agachamos en la maraña sin romperla, paso a paso entre la hojarasca, hasta llegar al fondo del aula, y nos encontramos de frente con su tablero carcomido por el sol y las noches, las tempestades y el olvido... ¡Veinte años en su silencio, en su abandono!
«La guerrilla aquí mató al profesor. Eran las diez de la mañana cuando lo sacaron de clase y lo mataron. Le dieron unos tiros por detrás. Nos tocó levantarlo. Lo llevamos en hamaca hasta Chalán. Sus familiares lo enterraron. Se llamaba Algene Barreto. Él había gestionado la escuela con el alcalde de Chalán. Nosotros siempre lo respaldamos. Buscaba lo mejor para los pelados72, iba a Chalán a buscar el bono escolar con el que daban arroz, azúcar, avena... Cuando traíamos los mulos con bultos de comida, el ejército nos los quitaba: "Me mocho73 los huevos si esta comida no es para la guerrilla", decían», nos contó Alberto.
«¿Cuándo abandonaron ustedes la vereda?», le pregunté.
«Salimos de aquí el 13 de septiembre de 2000, cuando los paramilitares hicieron la masacre del Parejo. Con mis doce hijos nos tuvimos que ir a vivir a Chalán, a meterse donde uno pudiera o le dieran el alojo. En 2002 la guerrilla minó la escuela, sabían que el ejército iba y venía y que dormían allá adentro. La explosión se oyó en Chalán. Eran como las dos de la mañana. Cuando vinimos, los goleros74 se comían pedazos de cuerpos. Se veían cabezas por todos lados. A mí se me despelucaba75 el pellejo desde el talón para arriba. Murieron más de veinte soldados», nos dijo Alberto.
Sus palabras despertaron el silencio de esta escuela.
69 Cuerda trenzada de esparto (DA).
70 Jalar: tirar de algo o alguien (DLE).
71 Arbusto seco y sin hojas (DA).
72 Niño, muchacho (DLE).
73 Cortar (DLE).
74 Buitre negro americano, también llamado zopilote o gallinazo.
75 Descomponer [el pelo] (DLE).
Testigo invisible
Darwin
Una lección
Doble silencio
Silencio con balón
Silencio mutilado
Silencio minado
Explorar por escuela
Universidad Nacional de Colombia, Edificio de Posgrados, Facultad de Ciencias Humanas, Bogotá, 2025
Universidad de Nariño, Pasto, 2019
Universidad de Nariño, Pasto, 2019
Museo Universitario Universidad de Antioquia, Medellín, 2023
Museo Universitario Universidad de Antioquia, Medellín, 2023
Universidad Nacional de Colombia, Manizales, Colombia, 2017
Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, 2022
Universidad de Virginia, USA, 2019
Musée d'Aquitaine, Bordeaux, Francia, 2016
Auckland Art Gallery Toi o Tāmaki, New Zealand, 2016